jueves, 7 de abril de 2016

Introspección

















La imagen en mi mente se emborrona, se convierte en una mancha casi imperceptible. Otra vez me miro al espejo y no me reconozco. ¿Quién soy? Únicamente alguien que va y viene. Mis vidas pasan una a una por mi mente; risas y llantos inundan mis oídos. Cubro mis oídos con las manos para no escuchar nada, pero están en mi cabeza, dentro de mí. Quiero buscar una salida mirando al sol, sintiendo la luz rozando mi cara. Montones de preguntas vuelan de un lado a otro de la habitación. Mis miedos cubren la figura. ¿Dejaré una vez más de ser débil y volveré a ser el ave valiente que vuela el cielo?

Mis tobillos dolorosos por las cadenas lloran sangre, aprietan, duelen. Los tambores resuenan en mi cabeza, reviven una y otra vez incansables el dolor de un Dios para unos, un hombre para otros. Mientras, mis lágrimas golpean una tras otra mi piel desnuda.

Abro la puerta, salgo a la calle y no hay nada, vacío, asfalto húmedo, viento que no me deja avanzar. Veo un tren que se detiene a lo lejos; quiero subir a él, corro, corro lo más rápido que puedo, pero se va... Me derrumbo en el suelo, estallo de rabia; una vez más no he llegado a tiempo. Vuelvo atrás buscando mi casa, no hay nada, desierto. Comienzan a aparecer árboles a mi alrededor; empiezo a correr sin rumbo, intentando despertar de esta horrible pesadilla.

Entonces, su figura aparece a lo lejos, me inspira tranquilidad, misterio. Se acerca, me habla pero no escucho su voz. Camino adelante, un agujero se abre a mis pies, no puedo seguir. El viento sopla ahora con más fuerza, me levanta del suelo, noto presión, ruido, más ruido en mi cabeza. Abro los ojos, despierto de un sueño, me levanto, me miro al espejo, veo mi rostro, está cambiando.

Susana M.B.

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