martes, 13 de octubre de 2020

El hombre que vivía en la montaña





El martes pasado me tocó ir a visitar las montañas del Este. Era una visita rutinaria como todos los martes, pero aquella iba a darme algunas sorpresas.

Sobrevolando las montañas, me di cuenta de que aquellas eran muy especiales; estaban llenas de "molinos", unas grandes construcciones humanas que aprovechaban el viento para generar energía. Ya me habían hablado de ellos antes, pero nunca los había visto, únicamente en sueños. Pensé que, de nuevo, se hacían realidad los sueños que me avisaban de lo que vería más adelante. Aparte de estos molinos, hubo algo que me llamó la atención: árboles frutales.

Había visto algunos de ellos en ocasiones, limoneros, naranjos, olivos, pero estos tenían un fruto con forma ovalada que no había visto nunca. Estaban cubiertos de dos vestiduras, una blanda y otra más dura. Los descubrí al pisar la tierra, cogí algunos del suelo y pude notar su olor y sabor sin apenas tocarlos. De repente, alguien me vio. No entendí cómo pudo pasar; llevaba puesta la túnica invisible, pero aquel ser podía verme y además se puso a lo que llaman aquí "olfatear" mis pies. Iba a alzar el vuelo cuando este "animal" levantó la vista y me miró atentamente, moviendo su cabeza de lado a lado. Tenía grandes orejas negras y unas manchas que le cubrían el cuerpo. Yo apenas superaba unos centímetros por encima de él, pero no parecía querer atacarme; parecía inofensivo y amistoso. Con cuidado, me quitó el fruto de la mano, lo partió con su fuerte mandíbula, y lentamente me lo acercó con ayuda de su hocico. Debió pensar que me lo iba a comer, igual que hacen los humanos.

De repente, escuché un sonido estridente. El animal se giró hacia él y salió corriendo. Entonces me percaté de que era un sonido de llamada; había un humano por allí cerca. Me escondí detrás de uno de esos árboles. Entonces le vi. Se acercó donde yo estaba; no podía verme. Aquel humano no era de los que pueden ver. Era alto, tenía barba y cabello blanco; el cabello de la cabeza era algo escaso. A algunos humanos les sucedía que perdían el cabello con los años. Estaba justo a mi lado, miraba atentamente las ramas del árbol y con cuidado cogía uno a uno los frutos. Parecía estar "enamorado" del árbol; lo miraba con dulzura. Me quedé sorprendida porque muy pocos humanos miraban así a los árboles. Este parecía sentir sus palpitaciones. Estuve un buen rato observándole. Almendras, así se llamaba el fruto de aquel árbol. Lo escuché al leer sus pensamientos.

Todavía tenía tiempo antes de que se preguntasen por mí arriba, así que decidí seguirle, ver dónde y cómo vivía este hombre de las montañas.

Llegó a su casa, una cabaña no muy antigua, y dejó todo lo que había recolectado esa mañana. En su casa hacía frío; encendió una estufa con leña y se puso a acariciar al animal "perro" que vivía con él. Parecía ser un hombre tranquilo, solitario. Yo podía ver dentro de él; a veces se sentía solo, sobre todo cuando volvía del campo. Se sentó delante del fuego y cerró los ojos. Intenté meterme en sus pensamientos; con suerte, se sentiría mejor. Para poder hacerlo, el humano debía estar con la mente parada, pero este hombre de las montañas parecía tener una cabeza muy pensativa.

Necesitaría hacerle más visitas para conseguirlo. Se me hacía tarde; tuve que salir rápido de allí antes de que se hiciera de noche. Pronto volvería a visitarle o, quién sabe, tal vez pueda sorprenderle en sueños...

Susana M.B.