sábado, 15 de agosto de 2020

Recuerdos

















Dieron las doce en el reloj; hacía días que quería que dejara de sonar, pero siempre se me olvidaba quitarle la pila. El sonido me despertó, y gracias a eso, salí de una pesadilla.

Soñaba que me hundía en una piscina gigante; leí en alguna parte que soñar con agua significa que las emociones están a flor de piel, y era cierto. Me levanté y fui a la cocina a beber agua. Mientras caminaba por el largo pasillo, las campanadas me acompañaban: siete, ocho, nueve, diez. Iba contando hasta que llegaron a doce. En ese momento, pasaba por delante del aparador y vi tu foto.

Justo cuando se produjo el silencio, estabas delante de mí. Tus ojos me miraban mientras me sonreían. Entonces cogí la foto y me senté a mirarla. No pude evitar que se me escaparan las lágrimas. Recordé aquellos momentos en los que mis ojos no hacían más que llorar, fue cuando empecé a echarte de menos.

Recordé cuando nos conocimos; tú te diste cuenta enseguida del amor que nos unía. A mí me costó creer, pero tú me ayudaste a ver que lo nuestro era real, y lo fue. Un amor de los buenos, de esos que, cuando los sientes, no tienes ninguna duda de estar justo con quien debes estar.

Sostuve la foto en mis manos unos momentos; esos minutos parecían una eternidad. Abracé la foto con tanta fuerza que casi quedó tatuada en mi piel. Después, abrí el cajón y te guardé debajo de los antiguos manteles, junto a la baraja de cartas rota y los viejos recibos descoloridos. Allí te quedaste con tu sonrisa, con la mirada que un día me enamoró, en ese lugar donde todo estaba condenado al olvido.


Susana M.B.


martes, 11 de agosto de 2020

La niña triste


Después de acostarse, la niña cerró sus ojos para intentar dormir, pero no podía; no conseguía conciliar el sueño. Repasaba lo ocurrido durante el día: las risas del resto de las niñas en el colegio, el rato del recreo cuando jugaba sola con la arena del patio, cuando se le cayó el almuerzo y su profesor se lo recogió del suelo para devolvérselo después de regañarla, o cuando su madre la había reñido por haberla sorprendido jugando con sus muñecas en lugar de guardar su ropa en el armario.

Aquella noche no estaba sola; sus padres y hermanos estaban en casa, pero tenía la misma sensación que todas las noches: soledad, tristeza y miedo. El vacío que sentía solo era sosegado por el sueño que llegaba finalmente después de pasar largo rato acurrucada entre las mantas. Se había acostumbrado a hacerse la dormida cuando su padre se asomaba a la habitación para ver si dormía; no quería que viera que seguía despierta después de tanto tiempo.

Esa noche, mientras dormía, le ocurrió algo inesperado: se cayó de la cama. Tal vez fue porque se movió demasiado, o no se acercó lo suficiente a la pared como solía hacer, y cayó al abismo de su habitación. Se quedó sentada al lado de la cama. Lloraba lágrimas ahogadas; no quería que nadie escuchase su llanto. Con el tiempo, había aprendido a ocultarlo. Estaba tan asustada por la caída que no podía reaccionar; no sabía cómo levantarse sin hacer ruido. Tenía miedo de ser escuchada y no quería que nadie supiera que había sido tan torpe de caerse de la cama. Tampoco quería que nadie se preocupase por ella; no quería ser motivo de más preocupaciones.

Sentada en el frío suelo de la habitación, miraba fijamente los pomos dorados de la mesilla de noche que estaba frente a ella. El hilillo de luz que entraba por su puerta dejaba ver el reflejo de su sombra en la madera lacada.

Finalmente, volvió a la cama. Tal vez se puso de pie ella sola, o tal vez lo hizo con la ayuda de su padre, quien estaba siempre alerta de cualquier ruido proveniente de su habitación. La niebla del tiempo ha borrado el recuerdo de aquella noche. Seguramente, volvió a dormirse pronto con la esperanza de despertar en un mundo de risas y palabras bonitas, un mundo en el que nunca volviera a caerse de la cama.

Susana M.B.