Soñaba que me hundía en una piscina gigante; leí en alguna parte que soñar con agua significa que las emociones están a flor de piel, y era cierto. Me levanté y fui a la cocina a beber agua. Mientras caminaba por el largo pasillo, las campanadas me acompañaban: siete, ocho, nueve, diez. Iba contando hasta que llegaron a doce. En ese momento, pasaba por delante del aparador y vi tu foto.
Justo cuando se produjo el silencio, estabas delante de mí. Tus ojos me miraban mientras me sonreían. Entonces cogí la foto y me senté a mirarla. No pude evitar que se me escaparan las lágrimas. Recordé aquellos momentos en los que mis ojos no hacían más que llorar, fue cuando empecé a echarte de menos.
Recordé cuando nos conocimos; tú te diste cuenta enseguida del amor que nos unía. A mí me costó creer, pero tú me ayudaste a ver que lo nuestro era real, y lo fue. Un amor de los buenos, de esos que, cuando los sientes, no tienes ninguna duda de estar justo con quien debes estar.
Sostuve la foto en mis manos unos momentos; esos minutos parecían una eternidad. Abracé la foto con tanta fuerza que casi quedó tatuada en mi piel. Después, abrí el cajón y te guardé debajo de los antiguos manteles, junto a la baraja de cartas rota y los viejos recibos descoloridos. Allí te quedaste con tu sonrisa, con la mirada que un día me enamoró, en ese lugar donde todo estaba condenado al olvido.
Susana M.B.
