viernes, 9 de febrero de 2024


Se hacía tarde; pasaban de las ocho y todavía no habíamos cenado. Ambas conversábamos de nuestras cosas. Ella me contaba cómo iba su vida; era trapecista de circo y siempre tenía algo nuevo que contar, alguna historia curiosa del circo. Yo le contaba poco; nada interesante me ocurría durante mi vida aburrida y monótona.

Aquella tarde recordábamos lo que había ocurrido años antes: ambas asesinamos a mis hijos.

"¿Te has tomado las pastillas?", me decía una y otra vez mi hermana por teléfono. Estaba preocupada por mí. Le dije que sí, pero no lo hice. Las tomaba todos los días desde que mi marido se marchó de casa, pero llevaba semanas sin hacerlo. Nadie se había percatado de ello. Intentaba actuar con normalidad, haciendo como que controlaba a mi otra parte, a la mujer que de vez en cuando tomaba el control de mi cabeza. Ella llegó cuando él se fue, se hizo dueña de mi mente, de mi cuerpo. No la podía controlar, pero había aprendido a hacerlo.

Camino descalza por la casa; todo está en silencio. Mi marido se ha ido; otra vez me ha dejado sola con los niños. "Tómate la medicina", me decía una y otra vez mi hermana por teléfono. Le dije que sí, pero no lo hice. Me las tomaba todos los días desde que mi marido se fue de casa, pero ese día no me las tomé.

Todos los días me despierto con la misma sensación, la de estar aún dormida. Miro hacia la puerta y veo la misma silueta: una mujer vestida de blanco me observa por el cristal, y cuando parpadeo, desaparece. El espejo del baño me devuelve una imagen distinta cada mañana. Un día fui un payaso; otro, tenía nariz de gato y orejas de burro. El mes pasado, una trapecista de circo; y hoy, la imagen de una mujer extraña y despeinada.

Llevo demasiado tiempo aquí encerrada; tengo que salir. La ventana es pequeña, pero creo que cabré por ella. Intento abrirla y entonces recuerdo haber hecho esto antes, tal vez unas cuantas veces más, y nunca consigo escapar. Entra alguien en la habitación, me sujeta el brazo con fuerza mientras me clava una aguja. Esto se repite cada vez que intento huir, desde que por primera vez entré en esta habitación. Dicen que sufro trastorno de personalidad; debe ser cierto, porque apenas me dejan salir del cuarto. Una vez intenté escapar, no sé si será verdad, pero lo que sí sé es que cuando vuelvo a dormirme, despierto.

Susana M.B.

jueves, 15 de abril de 2021

El Amor a momentos

A veces nos enamoramos de momentos, de escenas fugaces que se pierden en el tiempo. Un momento puede convertirse en una eternidad, y cuando lo hace es verdadero;

¿Qué es verdad? Aquello que dura un segundo puede llenar un corazón entero. 

La vida son momentos, cada momento auténtico, aquel que se vive plenamente, ese es el universo eterno. 

Y no se acaba, solo notamos su ausencia cuando bajamos la vista y nos perdemos. 
En la plenitud vemos vacío, en la luz, oscuridad y notamos eso, lo que llamamos soledad. 
Pero no existe la soledad, ese es otro invento.

Gracias por estar, por llenar, por iluminar, por formar parte de mi eternidad.

Susana M.B.

martes, 13 de octubre de 2020

El hombre que vivía en la montaña





El martes pasado me tocó ir a visitar las montañas del Este. Era una visita rutinaria como todos los martes, pero aquella iba a darme algunas sorpresas.

Sobrevolando las montañas, me di cuenta de que aquellas eran muy especiales; estaban llenas de "molinos", unas grandes construcciones humanas que aprovechaban el viento para generar energía. Ya me habían hablado de ellos antes, pero nunca los había visto, únicamente en sueños. Pensé que, de nuevo, se hacían realidad los sueños que me avisaban de lo que vería más adelante. Aparte de estos molinos, hubo algo que me llamó la atención: árboles frutales.

Había visto algunos de ellos en ocasiones, limoneros, naranjos, olivos, pero estos tenían un fruto con forma ovalada que no había visto nunca. Estaban cubiertos de dos vestiduras, una blanda y otra más dura. Los descubrí al pisar la tierra, cogí algunos del suelo y pude notar su olor y sabor sin apenas tocarlos. De repente, alguien me vio. No entendí cómo pudo pasar; llevaba puesta la túnica invisible, pero aquel ser podía verme y además se puso a lo que llaman aquí "olfatear" mis pies. Iba a alzar el vuelo cuando este "animal" levantó la vista y me miró atentamente, moviendo su cabeza de lado a lado. Tenía grandes orejas negras y unas manchas que le cubrían el cuerpo. Yo apenas superaba unos centímetros por encima de él, pero no parecía querer atacarme; parecía inofensivo y amistoso. Con cuidado, me quitó el fruto de la mano, lo partió con su fuerte mandíbula, y lentamente me lo acercó con ayuda de su hocico. Debió pensar que me lo iba a comer, igual que hacen los humanos.

De repente, escuché un sonido estridente. El animal se giró hacia él y salió corriendo. Entonces me percaté de que era un sonido de llamada; había un humano por allí cerca. Me escondí detrás de uno de esos árboles. Entonces le vi. Se acercó donde yo estaba; no podía verme. Aquel humano no era de los que pueden ver. Era alto, tenía barba y cabello blanco; el cabello de la cabeza era algo escaso. A algunos humanos les sucedía que perdían el cabello con los años. Estaba justo a mi lado, miraba atentamente las ramas del árbol y con cuidado cogía uno a uno los frutos. Parecía estar "enamorado" del árbol; lo miraba con dulzura. Me quedé sorprendida porque muy pocos humanos miraban así a los árboles. Este parecía sentir sus palpitaciones. Estuve un buen rato observándole. Almendras, así se llamaba el fruto de aquel árbol. Lo escuché al leer sus pensamientos.

Todavía tenía tiempo antes de que se preguntasen por mí arriba, así que decidí seguirle, ver dónde y cómo vivía este hombre de las montañas.

Llegó a su casa, una cabaña no muy antigua, y dejó todo lo que había recolectado esa mañana. En su casa hacía frío; encendió una estufa con leña y se puso a acariciar al animal "perro" que vivía con él. Parecía ser un hombre tranquilo, solitario. Yo podía ver dentro de él; a veces se sentía solo, sobre todo cuando volvía del campo. Se sentó delante del fuego y cerró los ojos. Intenté meterme en sus pensamientos; con suerte, se sentiría mejor. Para poder hacerlo, el humano debía estar con la mente parada, pero este hombre de las montañas parecía tener una cabeza muy pensativa.

Necesitaría hacerle más visitas para conseguirlo. Se me hacía tarde; tuve que salir rápido de allí antes de que se hiciera de noche. Pronto volvería a visitarle o, quién sabe, tal vez pueda sorprenderle en sueños...

Susana M.B.

martes, 1 de septiembre de 2020

Septiembre



Septiembre. Se acerca el tiempo de reencuentros y el tiempo de nuevos amores.
Una y otra vez no aprendemos. Somos hijos de la naturaleza, pero hemos huido de nuestras raíces, del verdadero sentido de la vida. Hemos perdido la conexión con todo lo que nos
rodea: árboles, plantas, animales.

Quiero hablar del amor presente en la naturaleza, en las plantas, los árboles, los animales, los minerales. Ellos nos limpian de todas esas frecuencias artificiales que nos impiden tomar
conciencia de esa conexión real que nos aporta salud y bienestar.

Hoy me ha hablado uno de los espíritus de la naturaleza, conectado con nuestro planeta pero que va mucho más allá de él, presente en otros mundos, otros planetas con presencia de agua, con vida natural similar en algunos aspectos a la nuestra. Me ha dicho que así como nosotros podemos ver el amor en los ojos de nuestras mascotas, también podemos apreciar ese amor en otros animales. Los animales nos apoyan. Un apoyo que en los inicios de nuestra civilización tenía que ver también con un apoyo nutricional, un apoyo emocional que muestra cómo se rinden ante el ser humano, como nos sostienen con su trabajo y su alegría.
Septiembre nos recuerda una vez más que estamos rodeados de vida que merece respeto, que merece ser tratada como un igual, nosotros formamos parte de esa vida, somos esa vida.

Susana M.B.


La Canción de Amergim
Yo soy el viento que sopla sobre el mar,
Soy el oleaje del océano,
Yo soy el murmullo de las olas,
Soy el buey de los siete combates,
Yo soy el buitre sobre la roca,
Soy un rayo del sol,
Yo soy la más hermosa de las plantas,
Soy un bravo jabalí salvaje,
Yo soy un salmón en el agua,
Soy un lago en la llanura,
Yo soy el arte del artífice,
Soy una palabra de la ciencia,
Yo soy la punta de lanza que ofrece batalla,
Soy el dios que crea en la testa del hombre el fuego del pensamiento,
¿Quién sino yo ilumina a la asamblea en la montaña?
Y ¿Quién sino yo conoce la edad de la luna?
¿Quién si no yo señalo el lugar donde el sol se va a descansar?

*Amergin es un druida de la mitología celta. Hijo de Miled, viajaba hacia Irlanda para vengarse de la muerte de Ith, y en el momento que puso un pie en la tierra de Irlanda, cantó esta mística canción.

sábado, 15 de agosto de 2020

Recuerdos

















Dieron las doce en el reloj; hacía días que quería que dejara de sonar, pero siempre se me olvidaba quitarle la pila. El sonido me despertó, y gracias a eso, salí de una pesadilla.

Soñaba que me hundía en una piscina gigante; leí en alguna parte que soñar con agua significa que las emociones están a flor de piel, y era cierto. Me levanté y fui a la cocina a beber agua. Mientras caminaba por el largo pasillo, las campanadas me acompañaban: siete, ocho, nueve, diez. Iba contando hasta que llegaron a doce. En ese momento, pasaba por delante del aparador y vi tu foto.

Justo cuando se produjo el silencio, estabas delante de mí. Tus ojos me miraban mientras me sonreían. Entonces cogí la foto y me senté a mirarla. No pude evitar que se me escaparan las lágrimas. Recordé aquellos momentos en los que mis ojos no hacían más que llorar, fue cuando empecé a echarte de menos.

Recordé cuando nos conocimos; tú te diste cuenta enseguida del amor que nos unía. A mí me costó creer, pero tú me ayudaste a ver que lo nuestro era real, y lo fue. Un amor de los buenos, de esos que, cuando los sientes, no tienes ninguna duda de estar justo con quien debes estar.

Sostuve la foto en mis manos unos momentos; esos minutos parecían una eternidad. Abracé la foto con tanta fuerza que casi quedó tatuada en mi piel. Después, abrí el cajón y te guardé debajo de los antiguos manteles, junto a la baraja de cartas rota y los viejos recibos descoloridos. Allí te quedaste con tu sonrisa, con la mirada que un día me enamoró, en ese lugar donde todo estaba condenado al olvido.


Susana M.B.


martes, 11 de agosto de 2020

La niña triste


Después de acostarse, la niña cerró sus ojos para intentar dormir, pero no podía; no conseguía conciliar el sueño. Repasaba lo ocurrido durante el día: las risas del resto de las niñas en el colegio, el rato del recreo cuando jugaba sola con la arena del patio, cuando se le cayó el almuerzo y su profesor se lo recogió del suelo para devolvérselo después de regañarla, o cuando su madre la había reñido por haberla sorprendido jugando con sus muñecas en lugar de guardar su ropa en el armario.

Aquella noche no estaba sola; sus padres y hermanos estaban en casa, pero tenía la misma sensación que todas las noches: soledad, tristeza y miedo. El vacío que sentía solo era sosegado por el sueño que llegaba finalmente después de pasar largo rato acurrucada entre las mantas. Se había acostumbrado a hacerse la dormida cuando su padre se asomaba a la habitación para ver si dormía; no quería que viera que seguía despierta después de tanto tiempo.

Esa noche, mientras dormía, le ocurrió algo inesperado: se cayó de la cama. Tal vez fue porque se movió demasiado, o no se acercó lo suficiente a la pared como solía hacer, y cayó al abismo de su habitación. Se quedó sentada al lado de la cama. Lloraba lágrimas ahogadas; no quería que nadie escuchase su llanto. Con el tiempo, había aprendido a ocultarlo. Estaba tan asustada por la caída que no podía reaccionar; no sabía cómo levantarse sin hacer ruido. Tenía miedo de ser escuchada y no quería que nadie supiera que había sido tan torpe de caerse de la cama. Tampoco quería que nadie se preocupase por ella; no quería ser motivo de más preocupaciones.

Sentada en el frío suelo de la habitación, miraba fijamente los pomos dorados de la mesilla de noche que estaba frente a ella. El hilillo de luz que entraba por su puerta dejaba ver el reflejo de su sombra en la madera lacada.

Finalmente, volvió a la cama. Tal vez se puso de pie ella sola, o tal vez lo hizo con la ayuda de su padre, quien estaba siempre alerta de cualquier ruido proveniente de su habitación. La niebla del tiempo ha borrado el recuerdo de aquella noche. Seguramente, volvió a dormirse pronto con la esperanza de despertar en un mundo de risas y palabras bonitas, un mundo en el que nunca volviera a caerse de la cama.

Susana M.B.


martes, 3 de diciembre de 2019

El árbol de Navidad

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Esta entrada no tiene nada que ver con la Navidad; tiene que ver con la vida y sus adornos. Conozco a una mujer que me contó que, al separarse de su pareja, dejó de tener muchas cosas bonitas: cenas en lugares exquisitos, viajes caros, mucha vida social y superficial, etc. Me gustaría explicarle que la vida no es eso; la vida no tiene nada que ver con esas cosas superficiales.

Su vida ha cambiado por completo; se ha quedado sin todos esos bonitos adornos. Solo le ha quedado ella misma, el árbol. Verse sin los adornos que siempre le han dado seguridad le asusta, y no deja de buscar por todas partes conocer a alguien que le ayude a tener algo parecido a lo que tenía, alguien con quien se sienta de nuevo segura y sostenida.

La vida consiste en aprender a vivir con uno mismo, reconocer nuestra propia naturaleza y aceptarla.

Vivir sin todos esos adornos y ver el árbol tal y como es realmente. Entonces puedes llenar el árbol de adornos verdaderos, hechos con partes de ti mismo, para, por fin, ser libre.

Susana M.B.